Fernando Savater. El poder subversivo de la educación.

¿Qué puede hacer la educación pública para evitar que las clases con menos recursos se vean abocadas a permanecer en la miseria?

 

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Fernando savater en “El valor de elegir” y en “El valor de educar” : ¿Dinero o disfrute sensorial?

Fernando Savater. Carta a la ministra de educación en el epílogo “El valor de educar”:

Los viejos alquimistas hablaban del aurum non vulgui, un tipo de oro distinto y superior al  vulgar, es decir, a aquel con que se contenta la vulgaridad mayoritaria. A los niños habría que familiarizarles cuanto antes con las recompensas en ese tipo de patrón oro distinto, espiritual, cívico (el supremo placer de no tener amos pero sobre todo de no ser amo de nadie), afectivo o estético.

También sensorial: aprender a disfrutar con las caricias, con la risa, con las miradas de agradecimiento, con la charla y el debate, con los paseos a la caída de la tarde (como cuentan que los daba Jehová en el Edén), con lo que no se puede tasar ni nadie cobra a otro. Nada tan miserable como ese hábito —muy anglosajón, pero no sólo anglosajón— de gratificar a los niños con propinas cuando realizan cualquier pequeño servicio familiar. Con el pretexto de fomentar su sentido del ahorro o de la responsabilidad, se les convierte en pequeños empleados de aquellos cuya alegre compañía debería ser su mejor recompensa. Cuando crezcan, no disfrutarán con nada que no hayan pagado caro o que no vean envidiar o necesitar a otros.

Es el fracaso de la cultura, al menos del sentido superior de la cultura. ¿Se ha dado usted cuenta, señora ministra, de que cuanto menos preparación cultural auténtica tiene alguien más dinero necesita gastar para divertirse un fin de semana o durante una s vacaciones? Como nadie les ha enseñado a producir  gozos activos desde dentro, creadoramente, todo tienen que comprarlo fuera. Incurren en el fallo denunciado ya hace siglos por un sabio taoísta: «El error de los hombres es  intentar alegrar su corazón por medio de las cosas, cuando lo que debemos hacer es alegrar las cosas con nuestro corazón.»

Fernando Savater en “El valor de elegir”, en su capítulo 8 “Elegir el placer”:

Desconfío de a sinceridad de los placeres prescritos, tarifados. En nuestra sociedad de consumo se entroniza el gasto y la emulación en el gasto como cifra de los más altos deleites: los placeres sin precio, que cada cual debe descubrir o inventar pero que no pueden ser meramente comprados, siguen siendo antivalores mirados con desprecio o con recelo. Para que el afán de goce perpetuo fuese socialmente aceptable, hasta hace poco se nos recomendaba ir a la iglesia; ahora, primero a la oficina y luego a la tienda. El deleite sigue aplazado y etiquetado; debemos gozar por medio de la marca y convertir la ciega obnubilación fruitiva en logotipo.

Fernando Savater : ¿Eres una persona culta o inculta?

los diez mandamientos

Fernando Savater en su libro “Los diez mandamientos del siglo XXI” diferencia así a la persona culta o inculta en función del uso que así haga de su tiempo libre:

Una persona inculta se diferencia de una culta porque debe gastar más dinero en sus momentos de ocio, porque no puede generar nada por sí mismo y necesita comprar todo fuera. Pasa como los países que no tienen producción propia, toda la riqueza se les escapa pagando lo que tienen que traer de fuera.

Una persona culta aprovecha los momentos de descanso para desarrollar lo que lleva dentro, Por suspuesto que puede utilizar cosas externas, por ejemplo libros o discos, pero es él quien pone valor agregado al ocio. Utiliza sus conocimientos, memoria y sensibilidad  para generar algo distinto al trabajo diario.

Por estas razones se debe tener en cuenta que no solamente hay que educar para desarrollar un oficio o una prefesión. También hay que educar para el ocio, y conseguir una capacidad creativa, que nos evite vivir esos momentos sólo  en el despilfarro y el consumo, como hacen los prisioneros de su propia incultura.

[…] Pero de nada sirve el dinero que uno pueda acumular para utilizarlo en los momentos de ocio, si no está enmarcado en lo cultural. Porque es la cultura la que prepara al hombre para el ocio, no sólo para la productividad y la vida laboral, sino para poder crear y recrear cosas en los momentos en los que no trabaja para otros. La cultura le permite al individuo utilizar la totalidad de sus fuerzas para sus gustos, sin necesidad de comprarlos.

[…] También hay que reflexionar acerca de para qué queremos todo lo que conseguimos con el trabajo. Estás trabajando seis días a la semana y de pronto hay un día que paras, miras al cielo y al infierno. y te preguntas, como haría un andaluz. “¿Y to pa qué?”. Y ese instante de reflexión es el descando.

[…] Como ya dije, es el momento del gasto, del consumo. Así, la gente se esfuerza y acumula más estrés en los momentos de ocio que en los de trabajo. Porque es en esos momentos cuando tiene que pensar en qué y cómo comprar todo aquello que le divierte o que le puede proporcionar la sensación de un estatus superior.

En esta desproporción del trabajo, unos mueren de infarto por exceso de ocupación, mientras que otros mueren de hambre o de abandono por haber perdido las posibilidades de integrarse laboralmente a la sociedad.

¿Por qué el trabajo está tan mal repartido y no se pueden equilibrar estas desproporciones? Lo que sucede es que hoy ya es un bien social, no sólo un camino de producción, sino un camino para incorporarse a la comunidad. La gente necesita trabajar no sólo para comer, sino para no sentirse excluida de la utilidad y el reconocimiento social.

Fernando Savater. Política para Amador. ¿Eres idiota?

Cada cual tiene más o menos claro que debe preocuparse por sí mismo y, en el mejor de los casos, que es importante procurar ser lo más decente que se pueda; pero de las cosas comunes, de lo que nos afecta a todos, de leyes, derechos y deberes generales… ¡bah, ganas de complicarse la vida! En mi época, se daba por supuesto que ser «bueno» políticamente le daba a uno licencia para desentenderse de la moral de cada día; ahora parece aceptado que con intentar portarse éticamente en lo privado ya se hace bastante y no hay por qué preocuparse de los líos públicos, es decir: políticos.

Me temo que ninguna de las dos actitudes es realmente sensata, sensata del todo. Ya en Ética para Amador procuré convencerte de que la vida humana no admite simplificaciones abusivas y que es importante una visión de conjunto: la perspectiva más adecuada es la que más nos ensancha, no la que tiende a miniaturizarnos.

Amador, los seres humanos no somos bonsais, más bonitos cuanto más se nos recorta; aunque tampoco desde luego somos una simple unidad dentro del bosque, siendo éste en tal caso lo único importante. Creo que se equivoca el que nos sacrifica al bosque y el que nos aísla y poda para dejarnos chiquititos… sin relación alguna con todos los millones que viven a nuestro alrededor. La vida de cada humano es irrepetible e insustituible: con cualquiera de nosotros, por humilde que sea, nace una aventura cuya dignidad estriba en que nadie podrá volver a vivirla nunca igual. Por eso sostengo que cada cual tiene derecho a disfrutar de su vida del modo más humanamente completo posible, sin sacrificarla a dioses, ni a naciones, ni siquiera al conjunto entero de la humanidad doliente. Pero por otra parte, para ser plenamente humanos tenemos que vivir entre humanos, es decir, no sólo como los humanos sino también con los humanos. O sea, en sociedad. Si me desentiendo de la sociedad humana de la que formo parte (y que hoy me parece que ya no es del tamaño de mi barrio, ni de mi ciudad, ni de mi nación, sino que abarca el mundo entero) seré tan prudente como quien yendo en un avión gobernado por un piloto completamente borracho, bajo la amenaza de un secuestrador loco armado con una bomba, viendo cómo falla uno de los motores, etc.. (puedes añadir si quieres alguna otra circunstancia espeluznante), en lugar de unirse con los restantes pasajeros sobrios y cuerdos para intentar salvarse, se dedicara a silbar mirando por la ventana o reclamara a la azafata la bandeja del almuerzo.

Los antiguos griegos (tipos listos y valientes por los que ya sabes que tengo especial devoción), a quien no se metía en política le llamaron idiotés; una palabra que significaba persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por las pequeñeces de su casa y manipulada a fin de cuentas por todos. De ese «idiotés» griego deriva nuestro idiota actual, que no necesito explicarte lo que significa. En el libro anterior me atreví a decirte que la única obligación moral que tenemos es no ser imbéciles, con las variadas formas de imbecilidad que pueden estropearnos la vida y de las que allí hablamos. Pues resulta que el mensaje de este libro que empiezas a leer también es un poco agresivo y faltón, porque puede resumirse en tres palabras: ¡no seas idiota!

Fernando Savater. Política para amador. ¿Libres o felices?

Fernando Savater. En “Política para amador” finaliza su capítulo ¿Libres o felices? con la siguiente reflexión:

Las sociedades democráticas, basadas en la libertad y no en la unanimidad coactiva, son por tanto las más conflictivas que nunca hubo en la historia de la humanidad. El esfuerzo permanente por pensar uno mismo lo que le conviene, justificarlo,  romper con el pasado o buscar en él nuevas ideas, elegir lo que debe ser hecho y quiénes son más aptos para llevarlo a  cabo… ¡cuánto jaleo! ¡Qué responsabilidad más grande! Y oirás que te dicen: ¿a qué nos lleva tanta libertad? ¿No seríamos más felices si fuésemos menos libres? Francamente, yo creo que a la política sólo se le pueden pedir remedios políticos… y la  felicidad no es un asunto político. Los gobiernos no pueden hacer feliz a nadie: basta con que no le hagan desgraciado, que  es cosa que sí pueden lograr en cambio bastante fácilmente. En los períodos de gran excitación política, como en las  revoluciones, la gente cree que las transformaciones radicales resolverán no sólo los problemas de la colectividad sino que darán a cada cual aquello que más desea en su corazón. Como esto nunca pasa, la gente se «desengaña» de la política y la  resaca de los grandes cambios suele dejar huellas de íntimo descontento. Me parece que hay que aprender a buscar la  dicha, lo que hace la vida digna de ser vivida, en cosas aparentemente menores que poco tienen que ver con los grandes  planes políticos ni tampoco, desde luego, con la riqueza o el almacenamiento de posesiones y cachivaches. Incluyo un poema de Borges que te señalará a lo que me refiero… Por mi parte, sólo puedo  concluir con una anécdota. En cierta ocasión preguntaron a Manuel Azaña, presidente de aquella efímera Segunda República española aplastada por el golpe militar de Franco: «Don Manuel, ¿cree usted de veras que la libertad hace más felices a los  hombres?» Y Azaña contestó: «Francamente, no lo sé; de lo que estoy seguro es de que los hace más hombres.»

 

«Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar el mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo»

(J. L. Borges, Los justos)

Tipos de imbéciles según Savater

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Savater

Fernando Savater en su libro “Ética para Amador” da una definición cuanto menos curiosa, y no exenta de ironía, en la cual, y si somos sinceros con nosotros mismos, encajamos  en mayor o menor medida. Aquí os dejo la categorización del imbécil:

“¿Cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? No ser imbéciles (…) El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:

a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.

b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez

c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí. Todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista sin reflexión o rebelde sin causa.

d) El que sabe qué quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o poca fuerza. A fin de cuentas termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.

e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo

(…) Y todavía siento más tener que informarte que síntomas de imbecilidad solemos tener casi todos; vamos, por lo menos yo me los encuentro un día sí y el otro también, ojalá a ti te vaya mejor en el invento… Conclusión: ¡Alerta!, ¡en guardia! ¡la imbecilidad acecha y no perdona!”

Hasta aquí la reflexión de Fernando Savater. Ahora toca la siguiente reflexión:

¿Conoces algún imbécil que se autoproclame como tal? Tú mismo, podrías ser el mayor de los imbéciles y aún no saberlo. En definitiva, todo individuo sabe que la existencia de imbéciles es tan real, como que justo él no lo es. Eso siempre se da por sentado. La pregunta no es si encajas en alguna categoría o no. La pregunta es en que grado encajas en cada una de ellas. No tengas miedo de reflexionarlo sinceramente, si es que de veras, no quieres convertirte en el perfecto imbécil.

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