Paritularismo según Ortega

Ortega

Pues bien: yo imagino que el cinematógrafo pudiera aplicarse a la historia y, condensados en breves minutos, corriesen ante nosotros los cuatro últimos siglos de vida española. Apretados unos contra otros los hechos innumerables, fundidos en una curva sin poros ni discontinuidades, la historia de España adquiriría la claridad expresiva de un gesto y los sucesos contemporáneos en que concluye el vasto ademán se explicarían por sí mismos, como una mejillas que la angustia contrae o una mano que desciende rendida.

Entonces veríamos que de 1580 hasta el día cuanto en España acontece es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo va en crecimiento hasta Felipe II. El año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta su cima, la historia de España es ascendente y acumulativa; desde ella hacia nosotros, la historia de España es decadente y dispersiva. El proceso de desintegración avanza en rigoroso orden de la periferia al centro. Primero se desprenden los Paises Bajos y en Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a fines de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente. En 1900, el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. ¿Termina con esto la desintegración? Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos… Es el triste espectáculo de un larguísimo multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.

El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me preguntase cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría con esa palabra.

Pensando de esta suerte, claro es que me parece una frivolidad juzgar el catalanismo y el bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos. Lejos de esto, son ambos no otra cosa que la manifestación más acusada del estado de descomposición en que ha caído nuestro pueblo; en ellos se prolonga el gesto de dispersión que hace tres siglos fue iniciado. Las teorías nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de sus hombres carecen de interés y son en gran parte artificios. Pero en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se dice es siempre mero pretexto, elaboración superficial, transitoria y ficticia, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva. Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará lamentablemente. Ni el programa de Tívoli expresa adecuadamente el impulso centrífugo que siente el pueblo catalán, ni la ausencia de esos programas secesionistas prueba que Galicia, Asturias, Aragón, Valencia no sientan exactamente el mismo instinto de particularismo.

Lo que la gente piensa y dice –la opinión pública- es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos. La queja del enfermo no es el nombre de su enfermedad. El cardíaco suele quejarse de todo su cuerpo menos de su víscera cordial. A lo mejor nos duele la cabeza, y lo que tienen que curarnos es el hígado. Medicina y política, cuanto mejores son, más se parecen al método de Ollendorf.

La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán. Como el vejamen que acaso sufre el vecino no irrita por simpática transmisión a los demás núcleos nacionales, queda éste abandonado a su desventura y debilidad. En cambio, es característica de ese estado social la hipersensibilidad para los propios males. Enojos o dificultades que en tiempos de cohesión son fácilmente soportados, parecen intolerables cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia nacional.

Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja hará de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan.

 En este esencial sentido podemos decir que el particularismo existe hoy en toda España, bien que modulado diversamente según las condiciones de cada región. En Bilbao y Barcelona, que se sentían como las fuerzas económicas mayores en la Península, ha tomado el particularismo un cariz agresivo, expreso y de amplia musculatura retórica. En Galicia, tierra pobre, habitada por almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas, el particularismo será reentrado, como erupción que no puede brotar, y adoptará la fisonomía de un sordo y humillado resentimiento, de una inerte entrega a la voluntad ajena, en que se libra sin protestas el cuerpo para reservar tanto más la íntima adhesión.
No he comprendido nunca por qué preocupa el nacionalismo afirmativo de Cataluña y Vasconia y, en cambio no causa pavor el nihilismo nacional de Galicia o Sevilla. Esto indica que no se ha percibido aún toda la profundidad del mal y que los patriotas con cabeza de cartón creen resuelto el formidable problema nacional si son derrotados en un as elecciones los señores Sota o Cambó.

El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería del pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y el bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues? Para mi esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en España. Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho.

Núcleo inicial de la incorporación ibérica, Castilla acertó a superar su propio particularismo e invitó a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventa Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas ideas jurídicas, morales, religiosas, dibuja un sugestivo plan de orden social: impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil. Todas estas aspiraciones, normas, hábitos, ideas se mantienen durante algún tiempo vivaces. Las gentes alientan influidas eficazmente por ellas, crece n en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos a la España de Felipe III advertiremos una terrible mudanza. A primera vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartón y suena a falso. Las palabras vivaces de antaño siguen repitiéndose, pero ya no influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tornado tópicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo político, ni en lo científico, ni en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente “en no hacer nada nuevo”, en conservar el pasado –instituciones y dogmas-, en sofocar toda iniciación, todo fermento innovador. Castilla se transforma en lo más opuesto a sí misma: se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa.
Si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que a hora se imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando ésta comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente con ellas. La sacudida en la periferia hubiese acaso despertado las antiguas virtudes del centro y no habrían, por ventura, caído en la perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos nuestra historia.
Analicemos las fuerzas diversas que actuaban en la política española durante todas esas centurias, y se advertirá claramente su atroz particularismo. Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario: Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales. Han fomentado, generación tras generación, una selección inversa en la raza española. Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien: el error habitual, inveterado, en la elección de personas, la preferencia inveterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se tiene el corazón lleno de un alto empeño se acaba siempre por buscar los hombres más capaces de ejecutarlo.
En vez de renovar periódicamente el tesoro de ideas vitales, de modos de coexistencia, de empresas unitivas, el Poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado de su fuerza nacional casi exclusivamente para fines privados.
¿Es extraño que, al cabo del tiempo, la mayor parte de los españoles, y desde luego la mejor, se pregunte: para qué vivimos juntos? Porque vivir es algo que se hace hacia delante, es una actividad que va de este segundo al inmediato futuro. No basta pues, para vivir la resonancia del pasado y mucho menos para convivir. Por eso decía Renan que una nación es un plebiscito cotidiano. En el secreto inefable de los corazones se hace todos los días un fatal sufragio que decide si una nación puede de verdad seguir siéndolo. ¿Qué nos invita el Poder público a hacer mañana en entusiasta colaboración? Desde hace mucho tiempo, mucho, siglos, pretende el Poder público que los españoles existamos no más que para que él se de el gusto de existir. Como el pretexto esexcesivamente menguado, España se va deshaciendo, deshaciendo… Hoy ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo…
Así, pues, yo encuentro que lo más importante en el catalanismo y el bizcaitarrismo es precisamente lo que menos suele advertirse en ellos, a saber: lo que tienen de común, por una parte, con el largo proceso de secular desintegración que ha segado los dominios de España; por otra parte, con el particularismo latente o variamente modulado que existe hoy en el resto del país. Lo demás, la afirmación de la diferencia étnica, el entusiasmo por sus idiomas, la crítica de la política central, me parece que, o no tiene importancia, o si la tiene, podría aprovecharse en sentido favorable.
Pero esta interpretación del secesionismo vasco-catalán como mero caso específico de un
particularismo más general existente en toda España queda mejor probada si nos fijamos en otro fenómeno agudísimo característico de la hora presente y que nada tiene que ver con provincias, regiones ni razas: el particularismo de las clases sociales.
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¿Qué es la ética?

Vídeo

Si preguntamos a cualquier alumno recién salido del bachillerato no dudará en explicar de forma contundente la parrafada que le enseñaron para superar las pruebas de selectividad. Pero, ¿qué es realmente la ética? ¿es objetiva o subjetiva? ¿es un compendio de valores seleccionados por el hombre? ¿qué papel juega la religión en la ética? Aquí os dejo un caluroso debate entre Jose Antonio Marina, Gustavo Bueno y Manuel Freijó que parece demostrar que no es tan fácil llegar a un consenso al respecto.

Gloria fuertes: “Versos que escribí dormida”.

gloria fuertes

Bebo porque la gente no me gusta,
porque a la gente la quiero demasiado;
las cosas cambian y el ímpetu se enferma,
sé lo que dan de sí los hombres;
sé que hay pocos que prestarían sangre,
sé que hay muchos que me encarcelarían.
Bebo para olvidar que estoy bebiendo.
Porque la noche es larga y tiene seres,
la vida es corta en cambio y tiene prisa,
la alcoba es grande y el sereno es bizco
y un chinche flaco trepa por el techo.

Bebo para acordarme de estas cosas.
Bebo para olvidar que estoy bebiendo.

Tomás Melendo Vs Rousseau, Unamuno y Heródoto: Mi religión… ¿es la verdadera?

Tomás Melendo en “Introducción a la filosofía”. El cristianismo es la religión “verdadera”:

El sentido en que cabe afirmar que el cristianismo es la religión verdadera resulta doble. Por una parte, reivindica para sí el privilegio de ser la religión genuina, aquella querida por Dios para que todos los hombres sean salvos. Y por otra, como veremos enseguida, se postula como la religión “de la verdad”. (…)

Y finaliza con la siguiente tautología:

Podría postularse así: el cristianismo es el credo verdadero porque en él se contiene la verdad. (pag.192)

Rousseau en su libro IV “Emilio, o De la educación”:

Contemplaba la diversidad de sectas que reinan en el mundo y que mutuamente se  acusan de error y mentira, y preguntaba: “¿Cuál es la buena?“. Y me respondía cada uno: “La mía; sólo yo y mis partidarios pensamos bien; todos los demás están equivocados”.  “¿Y cómo sabéis que es buena vuestra secta?”. “Porque lo ha dicho Dios”. “¿Quién os  dijo que lo había dicho Dios?”. “Mi pastor que lo sabe. Me dice que crea esto y lo creo; me  asegura que todos los que dicen otra cosa distinta que él, mienten, y no los escucho”.
¿Conque no es una misma la verdad, pensaba yo, y lo que para mi es verdad, puede ser mentira para otro? Si es uno mismo el método del que sigue el camino recto y del que va
extraviado, ¿qué mérito o qué culpa tiene más uno que otro? Siendo su elección un efecto de la casualidad, es una iniquidad imputársela, es recompensar o castigar por haber  nacido en tal o cual país. El atreverse a decir que Dios nos juzga de ese modo, es agraviar su justicia.

O todas las religiones son buenas y agradables a Dios, o si existe una que El prescribe a los hombres, o los castigue porque no la conocen, habrá dado indicios ciertos y  manifiestos para que la distingan y conozcan por la única verdadera; estos indicios son de todos los tiempos y de todos los países, igualmente sensibles para todos los hombres, grandes y pequeños, ignorantes y sabios, europeos, indios, africanos y salvajes. Si  hubiera una religión en la tierra, fuera de la cual solamente hubiese pena eterna, y si en un país cualquiera del mundo a un solo mortal de buena fe no le hubiera hecho impresión su evidencia, el Dios de esta religión sería el más inicuo y el más cruel de los tiranos.

Miguel de Unamuno en “San Manuel Bueno, Martir”:

Porque si no, me atormentaría tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerlos vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacer vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto las consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mia? La mía es consolarme en consolar a los demás aunque el consuelo que les doy no sea el mío.

James Rachel, cita a Heródoto en “Introducción a la filosofía moral”, en su capítulo sobre relativismo cultural:

Porque si alguien, quien sea, tuviera la oportunidad de escoger entre todas las naciones del mundo el conjunto de creencias que le pareciera mejor, después de considerar cuidadosamente sus méritos relativos, inevitablemente elegiría los de su propio país. Todos, sin excepción creemos que nuestras costumbres nativas, y la religión en la que hemos crecido son las mejores.

Paul Henry Dietrich, el barón d’Holbach, en “El cristianismo desvelado”:

El cristianismo no tiene ninguna ventaja sobre las otras religiones del mundo, todas las cuales, a pesar de sus desacuerdos, se dicen emanadas de la divinidad y pretenden tener el derecho exclusivo de sus favores. El hindú asegura que el mismo Brahma es el autor de su culto. El escandinavo recibía el suyo del temible Odin. Si el judío y el cristiano ha recibido el suyo de Yaveh por el ministerio de Moisés y de Jesús, el mahometano asegura haberlo recibido de su profeta inspirado por el mismísimo Dios, así todas las religiones se dicen emanadas del cielo, todas prohíben la utilización de la razón para examinar sus derechos sagrados, todas se pretenden verdaderas excluyendo a las otras, todas amenazan con la ira de los cielos a aquellos que rehúsen someterse a su autoridad; en fin, todas tienen un aire de falsedad por las contradicciones palpables de que están llenas, por las ideas informes, oscuras y siempre odiosas que dan de la divinidad, por las leyes extrañas que le atribuyen, por las disputas que provocan entre sus seguidores; en definitiva, todas las religiones que vemos sobre la tierra no nos muestran sino una madeja de imposturas y de sueños que revuelven por igual la razón. Así, del lado de sus pretensiones, la religión cristiana no tiene ninguna ventaja sobre las otras supersticiones de que el universo está infestado y su origen celestial se ve contestado por todas las otras con tanta razón como ella contesta el de aquellas.

(..)

Si un pagano sensato quisiera abrazar el cristianismo, caería ya desde los primeros pasos en la perplejidad más grande a la vista de unas sectas multiplicadas, cada una de las cuales pretende conducir con más seguridad a la salvación y estar más de acuerdo con la palabra de Dios. ¿Por cual de estas sectas decidirse viendo que se contemplan con horror, y que muchas de ellas condenan sin piedad a las otras en vez de tolerarse, se atormentan y se persiguen y que los que tienen el poder hacen experimentar a los rivales las crueldades más estudiadas y las violencias más contrarias a la tranquilidad de la sociedad? Porque, no nos engañen, poco satisfecho con violentar a los hombres para someterlos exteriormente a su culto ha inventado el arte de tiranizar los pensamientos y de atormentar las conciencias; un arte desconocido para todas las supersticiones paganas. El celo de los ministros de la iglesia no se limita al exterior, investigan hasta las profundidades del corazón, violan de manera insolente su impenetrable santuario y justifican sus sacrilegios y sus ingeniosas crueldades por el gran interés que tienen por la salvación de las almas. Estos son los efectos que resultan necesariamente de una religión que cree que el error es un crimen digno de la cólera de Dios.

 

unicaRealidad

Introducción a la filosofía por Tomás Melendo, Universidad de Málaga. Más claro…Opus.

Crítica a las constituciones de los países por incluir leyes sobre el divorcio, aborto o eutanasia:

Una correcta concepción de la persona humana, intrínsecamente inclinada a la entrega de por vida y capaz de experimentar positivamente el dolor y el sufrimiento, hubiera hecho mucho más difícil la inclusión en las Constituciones de muchos países “civilizados” de leyes como el divorcio, el aborto, la eutanasia… (pag. 108)

Crítica a la actual moral sexual, a las relaciones extramatrimoniales y homosexualidad con tendencias absolutistas:

También merece una especialísima atención los asuntos relativos a la moral sexual: realidades en otro tiempo minoritarias, como el divorcio, las relaciones pre o extra o más bien contra matrimoniales, las parejas de hecho, la homosexualidad…, están adquiriendo proporciones preocupantes y, sobre todo, cambiando los puntos de referencia de toda una civilización, que casi se ve forzada a admitirlas dentro de lo amparado por el derecho. (…) Como se ha señalado repetidamente, los novísimos y muy graves problemas surgidos a finales del segundo milenio no pueden resolverse con una especie de “consenso” más o menos compartido, que instauraría una “ética autónoma y de mínimas”. (pag. 182)

Halago a la castidad y abstinencia:

Los vicios que más retraen de la actividad intelectiva y, consecuentemente, del efectivo interés por la contemplación de la verdad, son los que atañen a los placeres corpóreos, sobre todo los más intensos, en especial la lujuria (…) y por eso las virtudes opuestas (la abstinencia y la castidad) disponen en máxima medida al hombre a la operación del entendimiento.

La ciencia encaminada al Diseño inteligente:

Ciertamente, como ya se sugería, la valoración de la ciencia que llevan a cabo los científicos y filósofos en estas últimas décadas está experimentando una honda transformación. Éste se sustenta sobre todo en la superación del cientifismo positivista, al que enseguida eludiremos, y, como consecuencia: a) en la contención de los conocimientos obtenidos científicamente dentro de los límites en que en efecto resultan inestimables, b) en la admisión de otros modos de saber dotados también de alcance real (verdaderos), entre los que empiezan a ocupar un lugar relevante la apertura a un Dios inteligente, ordenador y causa de la regularidad dinámica y compleja del universo, que los científicos de hoy están en condiciones de mostrar. (pag. 124)

El cristianismo, religión “verdadera”:

El sentido en que cabe afirmar que el cristianismo es la religión verdadera resulta doble. Por una parte, reivindica para sí el privilegio de ser la religión genuina, aquella querida por Dios para que todos los hombres sean salvos. Y por otra, como veremos enseguida, se postula como la religión “de la verdad”. (…)

Y finaliza con la siguiente tautología:

Podría postularse así: el cristianismo es el credo verdadero porque en él se contiene la verdad. (pag.192)

La fe no se opone a la razón:

Dios, Verdad y Bondad infinitas, ama al hombre hasta el abismo de entregarse hasta la muerte por él, ha puesto en su inteligencia la capacidad de descubrir, al contacto con el mundo creado “verdades” que no pueden contradecir lo revelado por la Verdad que nos ha conducir hasta nuestro destino definitivo de suma dicha en el Cielo. (pag. 141)

Embrión:

Los avances de la genética, por el contrario, permiten concluir de manera irrefutable que el individuo surgido de la unión de los gametos es, desde el momento preciso en que ha sido concebido, una realidad: a) distinta a los padres, y b) idéntica consigo misma durante todo el proceso que la conducirá desde su ya autónoma condición de embrión hasta el estado adulto en el que el hombre manifiesta de forma más clara su naturaleza. (pag. 134)

Sobre el dolor:

La antropología abierta a la trascendencia, por el contrario, alcanza a ver en el dolor un instrumento preclaro para el perfeccionamiento personal, por cuanto, al incitar al enfermo a salir y olvidarse de sí, mejora la categoría del auténtico amor a los demás y a Dios… o al menos, se encuentra invitado a hacerlo. La fe y la teología, por su parte, al incorporarlo a los sufrimientos de Cristo, advierte en el dolor un medio privilegiado de santificación y de identificación con Dios Hijo). (pag. 120)

Sobre el concepto de madre:

Una madre es ante todo una persona, dotada de una múltiple, autónoma y singular misión en la vida y de un destino eterno de comunión con Dios, que desbordan en cualquier caso las particulares funciones que ha de ejercer en relación al hijo. (pag. 118)

Una vuelta al absolutismo más rancio ¿Debe enseñarse esto en la Universidad de Málaga?

En efecto, un cierto relativismo escéptico es la base sobre la que pretenden fundarse hoy las principales conquistas culturales. Y así, una mala caricatura de democracia asentada en buena parte de los países desarrollados repudia cualquier vislumbre de verdades concluyentes, que coartarían -así dicen- la plena libertad de los ciudadanos. Lo único a lo que se aspira es a una especie de consenso sobre los temas controvertidos. En consecuencia, si alguien pretende formular con certeza un juicio acerca de la función de la familia en el seno de la sociedad, o valorar éticamente el aborto, el divorcio o las relaciones homosexuales, si aspira a establecer unos principios básicos estables que iluminen la acción social y política, la entidad de las sociedades intermedias, la superación del simple y prostituyente economicismo… será tachado de dogmático o de interferir de forma abusiva con presuntos mensajes revelados en el progreso de la razón humana autónoma. Para esta última, no existen verdades sino opiniones; y, ya en este campo, ¿por qué la tuya tendría que valer más que la mía? (pag. 19)

 idiota

Jorge Luis Borges: El suicida.

Borges

No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

Miguel de Unamuno en “Niebla”: ¡Yo no soy yo! ¡Tú no eres tú!

Sólo a solas se sentía él; sólo a solas podía decirse a sí mismo, tal vez para convencerse, “¡yo soy yo!”; ante los demás mejido en la muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.

Así llego a aquel recatado jardincillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raices bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle como un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acecarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan.

¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugababan los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.

Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían – pues era otoño-, jugaban allí cerca, como de ordinario unos chiquillos. Y uno de ellos poniéndole a otro al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: “Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones”. “Es que yo…”, empezó malhumarado el otro. Y el primero le replicó: “No, tú no eras tú…”. Augusto no quiso oir más; levantose y se fue a otro banco. Y se dijo: “Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú!, ¡yo no soy yo!”. Y estos pobres árboles, ¿son ellos?  Se les cae las hojas antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica!, ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica!, ¡y aquí que las brisas no los mecen…! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: “¡tú no eres tú!” y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica… para que no se duerman… “¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros”.

Levantose y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.

Julio Cortázar en “Rayuela”: Tener una amante.

La Maga y Horacio

Toda esa tarde él asistió otra vez, una vez más, una de tantas veces más, testigo irónico y conmovido de su propio cuerpo, a las sorpresas, los encantos y las decepciones de la ceremonia. Habituado sin saberlo a los ritmos de la Maga, de pronto un nuevo mar, un diferente oleaje lo arrancaba a los automatismos, lo confrontaba, parecía denunciar oscuramente su soledad enredada de simulacros. Encanto y desencanto de pasar de una boca a otra, de buscar con los ojos cerrados un cuello donde la mano ha dormido recogida, y sentir que la curva es diferente, una base más espesa, no tendón que se crispa brevemente con el esfuerzo de incorporarse para besar o morder. Cada momento de su cuerpo frente a un desencuentro delicioso, tener que alargarse un poco más, o bajar la cabeza para encontrar la boca que antes estaba ahí tan cerca, acariciar una cadera más ceñida, incitar a una réplica y no encontrarla, insistir, distraído, hasta darse cuenta de que todo hay que inventarlo otra vez, que el código no ha sido estatuido, que las claves y las cifras van a nacer de nuevo, serán diferentes, responderán a otra cosa. El peso, el olor, el tono de una risa o de una súplica, los tiempos y las precipitaciones, nada coincide siendo igual, todo nace de nuevosiendo inmortal, el amor juega a inventarse, huye de sí mismo para volver en suespiral sobrecogedora, los senos cantan de otro modo, la boca besa más profundamente o como de lejos, y en un momento donde antes había como cólera y angustia es ahora el juego puro, el retozo increíble, o al revés, a la hora en que antes secaía en el sueno, el balbuceo de dulces cosas tontas, ahora hay una tensión, algo incomunicado pero presente que exige incorporarse, algo como una rabia insaciable. Sólo el placer en su aletazo último es el mismo; antes y después el mundo se ha hecho pedazos y hay que nombrarlo de nuevo, dedo por dedo, labio por labio, sombra por sombra.

(…)

la ciudad desnuda con el sexo acordado a la palpitación de la cortina, Pola París, Pola París, cada vez más suya, senos sin sorpresa, la curva del vientre exactamente recorrida por la caricia, sin el ligero desconcierto al llegar al límite antes o después, boca ya encontrada y definida, lengua más pequeña y más aguda, saliva más parca, dientes sin filo, labios que se abrían para que él le tocara las encías, entrara y recorriera cada repliegue tibio donde se olía un poco el coñac y el tabaco.

Julio Cortázar en “Rayuela”: El alma y la sopa.

Julio cortazar

La invención del alma por el hombre se insinúa cada vez que surge el sentimiento del cuerpo como parásito, como gusano adherido al yo. Basta sentirse vivir (y no solamente vivir como aceptación, como cosa-que-está-bien-que-ocurra) para que aun lo más próximo y querido del cuerpo, por ejemplo la mano derecha, sea de pronto un objeto que participa repugnantemente de la doble condición de no ser yo y de estarme adherido.

Trago la sopa. Después, en medio de una lectura, pienso: «La sopa está en mí, la tengo en esa bolsa que no veré jamás, mi estómago.» Palpo con dos dedos y siento el bulto, el removerse de la comida ahí dentro. Y yo soy eso, un saco con comida adentro.
Entonces nace el alma: «No, yo no soy eso.» Ahora que (seamos honestos por una vez) sí, yo soy eso. Con una escapatoria muy bonita para uso de delicados: «Yo soy también eso.» O un escaloncito más: «Yo soy en eso.»

Leo The Wawes, esa puntilla cineraria, fábula de espumas. A treinta centímetros por debajo de mis ojos, una sopa se mueve lentamente en mi bolsa estomacal, un pelo crece en mi muslo, un quiste sebáceo surge imperceptible en mi espalda.

Al final de lo que Balzac hubiese llamado una orgía, cierto individuo nada metafísico me dijo, creyendo hacer un chiste, que defecar le causaba una impresión de irrealidad. Me acuerdo de sus palabras: «Te levantás, te das vuelta y mirás, y entonces decís: ¿Pero esto lo hice yo?» (Como el verso de Lorca: «Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.» Y creo que también Swift, loco: «Pero, Celia, Celia, Celia defeca.»)

Sobre el dolor físico como aguijón metafísico abunda la escritura. A mí todo dolor me ataca con arma doble: hace sentir como nunca el divorcio entre mi yo y mi cuerpo, me lo pone como dolor. Lo siento más mío que el placer o la mera cenestesia. Es realmente un lazo. Si supiera dibujar mostraría alegóricamente el dolor ahuyentando al alma del cuerpo, pero a la vez daría la impresión de que todo es falso: meros modos de un complejo cuya unidad está en no tenerla.