Miguel de Unamuno en “Niebla”: ¡Yo no soy yo! ¡Tú no eres tú!

Sólo a solas se sentía él; sólo a solas podía decirse a sí mismo, tal vez para convencerse, “¡yo soy yo!”; ante los demás mejido en la muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.

Así llego a aquel recatado jardincillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raices bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle como un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acecarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan.

¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugababan los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recogerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.

Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían – pues era otoño-, jugaban allí cerca, como de ordinario unos chiquillos. Y uno de ellos poniéndole a otro al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: “Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones”. “Es que yo…”, empezó malhumarado el otro. Y el primero le replicó: “No, tú no eras tú…”. Augusto no quiso oir más; levantose y se fue a otro banco. Y se dijo: “Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú!, ¡yo no soy yo!”. Y estos pobres árboles, ¿son ellos?  Se les cae las hojas antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica!, ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica!, ¡y aquí que las brisas no los mecen…! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: “¡tú no eres tú!” y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica… para que no se duerman… “¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros”.

Levantose y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.

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