Jesús Mosterín en “Naturaleza humana”: conciencia cósmica.

universo

[…] Desde esta burbuja de conciencia, en la que pienso en el Universo, desde este episodio fugaz de mi vida consciente, tiendo puentes intencionales en todas las direcciones, me identifico con el todo, del que tautológicamente soy parte. El Universo ingente se piensa a sí mismo en nosotros, en mí, en este episodio actual de conciencia. En palabras de Ortega y Gasset: “¿Qué es, como vida, el filosofar? Ya hemos visto vagamente que es un desvivir -un desvivirse por cuanto hay en el Universo- un hacer de sí lugar y hueco donde el Universo se conozca y reconozca”.

Más allá de las burbujas humanas de conciencia, quizá haya también otras burbujas conscientes en otros planetas de otras estrellas, perdidos en la inmensidad del cosmos. Quizá haya otras conciencias en otros lugares del espaciotiempo. Si es así, a todas ellas les envío un saludo desde aquí. Aunque lo más probable es que nunca llegue a establecer contacto con ellas, les manifiesto mi simpatía sincera, como copartícipes que somos de la conciencia universal. Posiblemente el universo se piense a sí mismo en muchos otros lugares del espacio tiempo. Y quiza unos pensamientos suyos sean inconmensurables con otros, y ninguno agote la riqueza y el misterio de su último sujeto y objeto. Ni siquiera yo me conozco bien a mí mismo. No es de extrañar que el universo tampoco tenga un conocimiento cabal y completo de sí. Sólo tiene una conciencia parcial y dispersa de sí mismo, como burbujas de luz y vigilia en medio de la oscuridad y la modorra cósmicas.

Participamos de la conciencia del Universo. Somos la conciencia del Universo.Cuando pienso en mí no digo que mi córtex cerebral piensa; digo que yo pienso, aun a sabiendas de que solo una parte de mí -mi córtex- realiza esta actividad de pensar. Cuando pienso en el Universo, puedo con igual razón decir que el Universo piensa, aunque sabiendo naturalmente que solo una minúscula parte del Universo se piensa a sí mismo.

Dando rienda suelta a nuestra curiosidad, indagando las criaturas que nos rodean y los astros lejanos, escrutando el Universo, encendemos en este planeta el fuego de la conciencia cósmica. Cuando en febrero de 1987 llegó a la Tierra la primera luz procedente de la supernova que había explotado 163.000 años antes en la Gran Nube de Magallanes, rápidamente se transmitió la noticia y todos los observatorios del hemisferio Sur apuntaron en esa dirección. Qui´za en ese momento el Universo -a través de nosotros- se dio cuenta de que había sufrido tal explosión. O quizá ya se había enterado antes, a través de otra conciencia que habitase un planeta más próximo a la supernova.

El universo es el máximo individuo, la entidad omniabarcadora; es lo más grande con lo que podemos identificarnos y en lo que podemos intencionalmente integrarnos. El universo es todo, es el todo, y, en la medida en que la palabra “Dios” tenga sentido no superticioso, el universo es Dios. El Universo con el que nos indentificamos, y el que cada vez conocemos mejor desde nuestra ciencia, nos abarca, nos incluye, nos sostiene, nos llena de admiración, reverencia y fervor. Lo que sentimos ante el Universo es un sentimiento panteísta, que es el único tipo de religiosidad compatible con la racionalidad y la ciencia.

Según Spinoza, Dios es lo mismo que la naturaleza. Para conocer a Dios hay que conocer las cosas de la naturaleza: “Cuanto más conocemos las cosas singulares, tanto más conocemos a Dios”. Spinoza propugna unir la lucidez y el fervor, el conocimiento y el amor, en lo que él llamaba amor Dei intellectualis. Amar intelectualmente a Dios, sin pretender que Dios nos corresponda, pero participando de la divinidad por el conocimiento, es nuestro más alto objetivo y nuestra mayor fuente de potencial de alegría. “El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con el que Dios se ama a sí mismo”, es decir Dios se ama a sí mismo a través de nosotros. En nosotros el Universo se piensa, se conoce y se ama a sí mismo. Si el Universo es Dios, nosotros somos la conciencia divina.

En la lucidez incandescente de la conciencia cósmica se esconde la promesa de la armonía, la sabiduría y la felicidad. Solo en comunión con esa realidad que nos sobreaapasa y nos incluye podemos acceder a planos superiores de empatía, alegría y lucidez. Y solo desde ese nivel de sabiduría podemos encarar los problemas de nuestra vida social, de la sociedad humana en general y de la biosfera entera con alguna esperanza de solución fundamental.

La ciencia sin mística corre el riesgo de quedarse en mera gimnasia metodológica. La mística sin ciencia fácilmente degenera en autoengaño y superstición. Solo la jugosa conjunción del conocimiento científico con el sentimiento místico nos permite aspirar a alcanzar aquel estado de exaltación lúcida y plenitud vital en que consiste la comunión con el Universo. SIntonizar con el Universo, sentarnos en el trono de Dios, acompasar el pálpito de nuestro corazón a un latido divino. ¿qué más se puede pedir? También estas posibilidades forman parte de la naturaleza humana, y evocarlas y brindar por ellas es la manera que he elegido de acabar este libro.

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